Charlando con Rafael R. Costa

Posted by on Dic 2, 2014 in Entrevistas, Escritores, Sector editorial, Uncategorized | 0 comments

Charlando con Rafael R. Costa

Hace tan solo unos días terminé El caracol de Byron, de Rafael R. Costa. Llevaba tiempo con curiosidad por leer a este escritor al que muchos indies llaman «maestro» (¡menudo calificativo!). Creo que ahora ya sé a qué se debe.

La prosa de este autor me ha parecido explosiva. En ocasiones me recordaba a una chuchería (¿Peta Zetas se llamaba?) que uno se metía en la boca y, al contactar con la lengua, se deshacía en lentas explosiones que colmaban el paladar de un intenso sabor.  A El caracol de Byron no se puede enfrentar uno de cualquier manera, esto se advierte cuando se leen las primeras descripciones de sus personajes —en las que Rafael demuestra un conocimiento profundo sobre el ser humano— y comprobamos su habilidad para transmitirnos sus trayectorias, sus emociones… y hacernos penetrar en sus almas mientras, de paso, nos lleva a mirar en las nuestras.  La literatura de Rafael tiene algo que te atrapa como esos peligrosos fangales de la bahía de Byron Bay e impide que pases de puntillas: te obliga a sumergirte y a pensar y sentir…  En definitiva, me ha parecido una novela para disfrutar con los cinco sentidos en alerta; para leerla junto al mar y, si es posible, en un día en que arrecie el temporal; para degustarla delante de una chimenea, con tu bebida preferida entre las manos…; para, en definitiva, dejarte sorprender y disfrutar sin límites. Pasemos a conocer a este autor tan interesante.

 

Hola, Rafael. En primer lugar, gracias por aceptar mi propuesta de entrevista y dejar que te conozcan mejor los lectores de Ecoescritura. La primera pregunta que quiero hacerte es ¿tardaste mucho en escribir esta novela?

Gracias a ti, y a los lectores…

Lo que tardó en deshacerse un sueño. Y no es totalmente una metáfora. Ya he comentado alguna vez que suelo soñar mis novelas, que los personajes y la musiquilla de esas historias surgen en estado hipnagógico, ¿o será hipnopómpico?, es decir: al empezar a soñar o al concluir; lo que intento en el proceso de escribir es cartografiar todo ese territorio intermedio, inconcluso, onírico.

Pero, precisando temporalmente, alrededor de seis meses.

 

Como comentaba en la introducción, tu prosa es excelente, destila profundidad; tu estilo, muy cuidado y depurado; demuestras gran habilidad en tus descripciones… ¿Has tenido alguna formación como escritor? ¿Cómo llega uno a lograr este resultado?

Mi formación ha sido, esencialmente, la lectura. Desde bien pequeño supe que sería escritor. A pesar de que fui mal estudiante, leía y leía vorazmente, hasta tal punto que cada cosa que hacía, veía o pensaba la literaturizaba… Todavía guardo cuadernos y apuntes de las novelas y otros libros que leía: lo hacía con una libreta al lado donde iba recogiendo aquello que me gustaba, ya fuera sobre los personajes, la manera de escribir, expresiones, truquillos, minucias… Creo que así aprendí a escribir, si es que a esto se aprende alguna vez.

 

Por cierto, ¿qué piensas de los talleres de escritura?

No he estado en ninguno. Así que mi respuesta sería asimétrica. Cuando yo empecé no existían… cada cual se forjaba sus propios planes y método; ya lo explico arriba.

Sin embargo, rememoro una escena de Woody Allen, donde es profesor de creación literaria en una universidad…, pero no recuerdo el título de la película, tal vez sea “Annie Hall”, argumenta que tiene alumnos en quinto curso de escritura que nunca llegarán a escribir bien, y otros que desde el primer curso ya sabe que serán buenos…

Pienso que se puede enseñar alguna técnica, el uso correcto del léxico, saber ordenar las ideas, montar una estructura novelística correcta… Pero… si no hay talento… eso no pueden inyectártelo. Si yo hubiese estudiado veinte años las técnicas de los corredores de 100 metros lisos y me hubiese preparado con todo mi ahínco… jamás habría podido competir con los que nacieron para ello.

No obstante, animo a todos y todas los que desean zambullirse en este océano que es la Literatura, a buscar, aprender, adquirir, observar; y, sin duda, contar con referentes como son los profesores, y nutrirse de sus experiencias, puede descubrir puertas a los alumnos donde antes sólo había una pared, incluso pudieran ayudar a abrirlas, aunque finalmente es el iniciado quien tiene que pasar bajo ese dintel.

 

Intuyo que Rafael R. Costa, además de escritor, es un buen lector. ¿Qué tipo de libros te gustan?, ¿El caracol… ha bebido de alguna fuente de inspiración especial?

Uno es todo lo que ha leído. Por mis manos y mis ojos habrán pasado miles de libros. Para más inri fui bibliotecario. Pero me quedo con la idea de que esta es una novela soñada. Mira…, cuando ganó el Premio Ciudad de Irún publicaron un comentario del presidente del jurado en el “Diario Vasco” afirmando que mi estilo le recordaba al de Joseph Conrad… Me hizo gracia porque jamás he leído a Conrad… y no por desestimarlo. Y otro crítico dijo de “La interpretadora de sueños” que le recordaba a Günter Grass… Pero me quedo con estos ingredientes esenciales: las lecturas y los sueños.

 

¿Eres un escritor de rituales? ¿Necesitas un espacio concreto, una hora específica? ¿Tienes alguna rutina o manía? ¿Escribes delante del ordenador o con lápiz y papel?

Uf… espero ser telegrafista. Si no, sería mucho contar. Antes de iniciar la redacción de una novela ya tengo un cuaderno lleno de notas. Los denomino cuadernos aunque son Libros de Actas, de esos con gruesas tapas color café y 100 o 200 hojas grandes numeradas…, pues cada novela tiene su cuaderno. Ahí van abundantes notas, perfiles y dibujos de los personajes, escenarios, guiones de capítulos… en fin todo el atrezzo de la novela… Entonces me pongo a redactar. Cuando esto ocurre la máquina está correctamente engrasada: ya no se detiene. Escribo por la tarde, corrijo por la noche y amplío lo escrito. A la tarde siguiente corrijo la ampliación de la noche y vuelvo a ampliar, por la noche corrijo lo de la tarde y… Así es.

Por supuesto, a medida que redacto tengo mi cuaderno de notas abierto por la página tal en una mesita aledaña. La redacción también aporta nuevas notas al cuaderno: cuando la novela avanza se convierte en una simbiosis literaria. Tengamos en cuenta que los personajes son entes vivos, que tienen sus cosas, manías, pareceres, y pueden tomar otra calle distinta a la pensada.

 

Para crear una obra como El caracol…  es necesario un importante despliegue de fantasía, ¿hay vivencias, confesables, que respalden a una historia de estas características?

Gran parte de ese paisaje de la novela lo conozco. Yo nací en una marisma. Me asomaba a la puerta de mi casa y veía el río Odiel desembocando en el mar. Coger cangrejos, ir a pescar, o bañarse era algo habitual en todos los niños de mi Barriada. No es que sea igual que la novela, pero desde luego lo evoca.

 

En esta novela hay personajes realmente entrañables, especiales, únicos…, ¿podrías desvelarnos algún dato curioso sobre el proceso de construcción y descripción de los mismos?

Bueno, ya he dicho que tomo apuntes de mis personajes hasta en los mínimos detalles, incluso los dibujo apasionadamente (con tinta y café), me gusta sentirlos, verlos, palparlos… sí, palparlos, porque tengo objetos, cartas selladas, rizos de cabello, cajitas de cerillas de los garitos adonde van a cenar, o una pipa todavía con follisca… cosas que son de mis personajes y sólo de ellos. Las guardo con celo.

Los personajes son parecidos a las personas aunque habitan en otra capa de esta cebolla que es la realidad; también tienen tensión, músculo, pulmones. Lógicamente tienen tensión melodramática, músculo narrativo, pulmones novelescos… Dicen que Charles Dickens, en su lecho de muerte, aseguraba estar rodeado por los personajes de sus novelas…

 

Alguna vez he leído que esta novela se califica con el adjetivo vintage, ¿a qué se debe esta asociación?

Es vintage por el escenario, por la época, por las mimbres de sus protagonistas, por los entresijos y crepúsculos de la historia. Es una novela que pudiera haberse tejido en una costurería, o haberse desprendido de un cartel de los años 50, o sonado en un viejo disco con un bolero sin éxito. Lo vintage no tiene que ser necesariamente rancio o desusado, sino tener ese aroma especial, evocador, susurrante… Faros antiguos, flores secas, tinta sepia.

 

Sé que hace pocos meses acabas de publicar otra de tus novelas, La interpretadora de sueños, con una editorial como Espasa. ¿Cómo has vivido este paso? Ahora que tienes la experiencia de haber autoeditado y la de trabajar con una editorial, ¿sabrías decirnos cuál de las dos opciones prefieres?

Prefiero que prefiera el lector, la lectora. Mis novelas son iguales en los dos campos de edición. No cabe duda que autoeditarme, publicar en Amazon, me abrió ventanas donde no las había: puso en mis manos una pistola de dos balas y un machete recién afilado, y me mostró una jungla espesa y un montón de mirones.

La literatura está plagada de francotiradores; propiedad más notable en el mundo de la autoedición. Y no siempre vence quien tiene mejor puntería, sino quien tiene el mejor kalashnikov. Vence quien más vende. Esa es la ley, porque es el único dato objetivo.

 

¿Podrías darnos tu opinión sobre el estado actual del sector editorial? Seguramente nos estén leyendo muchos autores que están empezando en este mundo y están pensando autopublicar, ¿crees que hay futuro en la autopublicación?

Tiene futuro, y es una opción muy válida. No es fácil colocar un libro en una editorial, ganar un premio más o menos importante, destacar o salir en la televisión. Autopublicar es una opción que te permitirá tirarte a la piscina sin flotador, con la salvedad de que siempre te puedes retirar, nadar hasta la orilla sin ahogarte. Nunca te hundes. Y, además, por poco que vendas te pagan religiosamente; al menos, Amazon. El punto débil es la autopromoción. Eres tú quien tiene que anunciar tu obra. Tienes que levantar escaparates y mantenerlos limpios cada día; y esto es como el mercadillo: los mejores puestos están pillados.

No son pocos los escritores captados por reconocidas editoriales una vez que han autopublicado, cual es mi caso. Las editoriales necesitan tinta fresca, hojarasca intacta, y saben que ahí tienen un yacimiento de donde, a la rebusca, extraer alguna pepita. Conozco a una docena de escritores que les ha ocurrido. Sobre todo escritoras, mira tú.

 

Un reto muy difícil que tenemos los escritores es conseguir realizar una promoción adecuada para que nuestras obras lleguen a sus lectores potenciales. ¿Podrías comentarnos algo del proceso de promoción que llevas a cabo? ¿Darías algún consejo a los escritores que nos leen?

No es tema baladí. Hasta el punto de que obtienen más éxito inmediato los buenos vendedores que los buenos escritores. Doy fe. Esto es así.

Sobre todo, actuar sistemáticamente con las redes sociales, abrir una página web (yo no tengo), crear un club de fans (yo no tengo), hacer amigos por doquier (cuento pocos) y dar la vara todo lo posible. Hay auténticos especialistas del bombo y platillo, y gente que sólo silba fragmentos de melodías. Como todo en la vida… se necesita suerte, perseverancia, actitud… ganas de conseguir tu propósito, sea vender mucho, escribir muy bien o ambas cosas.

 

De todas tus novelas, ¿hay alguna por la que sientas un afecto especial? Y, por el contrario, ¿hay alguna que te haya impulsado el deseo —como le sucedía a J. Ramón Jiménez— de quemarla?

No. Son mi vida. Yo no puedo arrancarme el brazo izquierdo porque sea el derecho quien escriba mis poemas. Quiero decir que no sé cuál de mis diez dedos me duele más cuando me quemo. Todas y cada una de esas novelas tienen algo mío.

Sí es cierto, por ahondar, que tengo algunas cosas que son sólo para mí; que nunca serán publicadas, y les tengo el mismo cariño y respeto que a las exitosas.

 

Ecoescritura es un proyecto que pone el foco en la escritura, en la corrección y en el dominio de la ortografía y la gramática. ¿Crees que un escritor debe cuidar el lenguaje o que eso no importa y para eso están los correctores externos?

Debe cuidarla, y mucho. Y luego debe contar con otros ojos. Los propios no valen. Lo sé por experiencia. Los cirujanos no suelen operar a familiares directos. Pues igual. Uno puede corregir hasta perder las pestañas. Pero hay duendes que se escaparán mil veces mil porque son invisibles a tus ojos.

 

¿Tienes nuevos proyectos a la vista?

En eso estamos.

 

Muchísimas gracias por tu  disponibilidad, Rafael. Ha sido un placer poder leerte y contactar contigo.

De nuevo, muchas gracias a ti. A vosotros.

 

Rafael R. Costa

 

 

Entrevista realizada por Berta Carmona.

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